Inspirado en piezas como esta:
http://www.youtube.com/watch?v=IelKiiKbUWM
Cuando cierras los ojos y te arrulla un vals
al coro manso del cuatro y su mandolina,
lo mundano desvanece, dejando quizás
un par de palmeras al azar del viento
en el silencio más profundo de tu alma.
17/4/09
Hoy
Hoy mi sueño comienza cuando despierto,
cuando subo la mirada y allí, erguido, te encuentro
regalándome tus ojos, tus momentos,
la esencia de tus palabras, la ávida tinta de tus cuentos.
Hoy despierto para vivir y exprimir este momento,
el sueño de ayer y de mañana el recuerdo,
para enumerar tus quieros y, entre tus brazos,
tus besos sentir con el amor hinchado y entrelazados los dedos.
Hoy, por ti, derribo los muros del tiempo
y no esperaré hasta mañana para decir que te quiero
y retoñan los te amos, las ilusiones, los versos
con la primavera de otoño, con el verano de invierno.
Hoy río feliz porque sólo las horas cuento
para que esto sea verdad, nuevamente, y en tu pecho
sentir que tu amor me habla y hace del mio su eco,
olvidando su mañana, habitando su recuerdo.
cuando subo la mirada y allí, erguido, te encuentro
regalándome tus ojos, tus momentos,
la esencia de tus palabras, la ávida tinta de tus cuentos.
Hoy despierto para vivir y exprimir este momento,
el sueño de ayer y de mañana el recuerdo,
para enumerar tus quieros y, entre tus brazos,
tus besos sentir con el amor hinchado y entrelazados los dedos.
Hoy, por ti, derribo los muros del tiempo
y no esperaré hasta mañana para decir que te quiero
y retoñan los te amos, las ilusiones, los versos
con la primavera de otoño, con el verano de invierno.
Hoy río feliz porque sólo las horas cuento
para que esto sea verdad, nuevamente, y en tu pecho
sentir que tu amor me habla y hace del mio su eco,
olvidando su mañana, habitando su recuerdo.
16/4/09
Reducirnos a amigos
Reducirnos a amigos es esto:
Es dejar de escribir una historia para escribir un fragmento;
es convertir el futuro en pretérito imperfecto;
es reducir las caricias a saludos cordiales,
los besos a cuestión de dialecto;
es ver como el amor deja de ser argumento.
Reducirnos a amigos es extinguir nuestro incendio,
poniendo en su lugar un par de velas al viento;
es soltarnos las manos, resignarnos al recuerdo;
es enterrar los elefantes, los dibujos, los cuentos;
es olvidar que la remolacha sabe a lluvia y el aguacate a cielo.
Reducirnos a amigos, sin ninguna otra ambición, es suspirar sin anhelo.
Es dejar de escribir una historia para escribir un fragmento;
es convertir el futuro en pretérito imperfecto;
es reducir las caricias a saludos cordiales,
los besos a cuestión de dialecto;
es ver como el amor deja de ser argumento.
Reducirnos a amigos es extinguir nuestro incendio,
poniendo en su lugar un par de velas al viento;
es soltarnos las manos, resignarnos al recuerdo;
es enterrar los elefantes, los dibujos, los cuentos;
es olvidar que la remolacha sabe a lluvia y el aguacate a cielo.
Reducirnos a amigos, sin ninguna otra ambición, es suspirar sin anhelo.
Fears
Fear to lose control. Fear to lose yourself. Fear to be misunderstood. I step, I walk, I move. In this ancient art of living I find my bones shivering, in this restless scenery where nothing moves, yet nothing stops. What do you fear? Do you fear the beast called love? Do you fear an empty apartment? Do you fear the all-mighty God? Do you fear the day after, the endless light or the blood-colored blaster? Come clean, come on. Fears are the strings that move our wooden arms, our wooden legs, having us all jumping here and there like a marching band of rabbits. How would you like to know that those strings are imaginary? What would you do if I cut you loose and set you free? Would you feel happy? What would you do? Would you remain standing? or would you collapse? Or would you then fear than you have no fears at last?
Relativo
Cómo demostrar que todo es relativo
Que lo que a mi me da calor, a ti frío
Que un niño es feliz en el campo
Y otro lo es en su castillo
Suena obvio, hasta sobreentendido
Pero debería estar escrito
Tallado en piedra, o en mármol fino
Donde no pueda ser borrado
Por el tiempo ni el destino
Porque basta ya de juzgar
No es tratar de entender sino de respetar
Lo que piensa cada quien
Pues cada quien tiene su Verdad
Así todos tendríamos nuestro espacio
Libertad de sentir y de estar vivos
Y entenderíamos que luchar no tiene caso
Porque en nuestra mente y corazón todo es relativo
Que lo que a mi me da calor, a ti frío
Que un niño es feliz en el campo
Y otro lo es en su castillo
Suena obvio, hasta sobreentendido
Pero debería estar escrito
Tallado en piedra, o en mármol fino
Donde no pueda ser borrado
Por el tiempo ni el destino
Porque basta ya de juzgar
No es tratar de entender sino de respetar
Lo que piensa cada quien
Pues cada quien tiene su Verdad
Así todos tendríamos nuestro espacio
Libertad de sentir y de estar vivos
Y entenderíamos que luchar no tiene caso
Porque en nuestra mente y corazón todo es relativo
Escúchame (carta de un árbol)
Dices que no hablo, pero sí. Escucha en el marrón prematuro de mis hojas mi tristeza, mi sed,en su verde mi alegría, en las estrías de mi tronco los consejos de mis años y humilde sabiduría; pregúntate por qué sigo aquí todavía, pues mi simple ausencia susurraría a tu oído mi preocupación por ti, por eso con lo que mi tierra cubran, por aquello que de mi cuerpo y sangre saquen a cambio de monedas o poder. Entonces, piensa si no te hablo, no sientas lástima de mí. Dime si ahora no me escuchas sonreír cuando corres sudoroso quemándote los pies y llegas a recostarte a mi lado buscando un poco de aliento, fruto o paz para tu ser.
25/3/09
El pequeño explorador (cuento)
Tentado por las ganas de emprender una nueva expedición, Jonás daba vueltas y vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Su último viaje le había dejado grandes experiencias. Sabía que su mamá se molestaría si lo encontraba de nuevo despierto, pero no aguantó y se levantó. Entre tropezones, luchó contra la oscuridad hasta llegar al otro lado del cuarto; encendió una pequeña vela y se dirigió hacia la ventana. A su paso, la tibia claridad daba vida a los armoniosos colores que adornaban su guarida. Leones, dinosaurios, osos, cocodrilos y decenas de animales lo acompañaban noche a noche en sus emocionantes jornadas. En ese instante, una nueva aventura tocaba las puertas de su imaginación. Agitado por la emoción, Jonás tomó su frazada favorita y se sentó en la ventana con los piecitos colgando en el aire. Allí, bajo el brillo mágico de las estrellas, se zambulló impaciente en su tan anhelada aventura.
Inmerso en el espacio y el tiempo, llegó a lo que parecía un sembradío. Atravesando las matas de caña pálidamente alumbradas por la luna, logró divisar a lo lejos un pequeño caserío. Atrevido, rompiendo el silencio ensordecedor de la noche, llegó de pronto el eco de un tambor valiente que, repique tras repique, lo atraía inevitablemente en su dirección. Así, a paso apurado y sigiloso, se fue aproximando hasta que llegó desapercibido y, escondido detrás de un árbol, se sentó embelezado a ver aquello que estaba pasando. Allí, en medio de una hacienda de tiempos coloniales, se encontraba una docena de hombres morenos, de calza blanca y descamisados que, formando una rueda, aplaudían y cantaban animantes tonadas. Mientras uno tocaba el tambor que tanto lo había atraído, otros tres tocaban con varitas de madera unos instrumentos que parecían arcos sin flecha. En el centro de la rueda, otros dos se enfrentaban. Con agilidad y carácter, balanceaban sus cuerpos sudorosos al ritmo aborigen de la música, atacando inesperadamente a su adversario con movimientos de aquello que más que una danza, parecía una lucha. ¡Jonás estaba fascinado! Temía por la vida de aquellos hombres que giraban patadas tan rápidas que, de no ser esquivadas, podrían causarle hasta la muerte a su contrario. Sin embargo, la pícara sonrisa en sus caras y la energía de los cantos le transmitían a Jonás cierta tranquilidad. Continuó observando, acompañando con la vista el movimiento preciso de los luchadores mientras todos, alternando, lograban entrar y salir del juego. De pronto, el relincho de un caballo aproximándose lo interrumpió todo. Como si hubiesen escuchado al mismo diablo, los hombres tomaron sus instrumentos y salieron corriendo, dejando en aquel lugar poco menos que una nube de polvo. Aterrado tras el árbol, Jonás vio llegar a dos hombres blancos, armados. Montados en sus caballos, rondaron el caserío y al no encontrar a nadie despierto desaparecieron nuevamente en la oscuridad. Al verlos partir, Jonás respiró profundamente y descansó.
A la mañana siguiente, aún soñoliento, se restregó los ojos dejando poco a poco penetrar la luz del sol. Entre el agotamiento y la confusión, escuchaba murmullos pero no lograba distinguirlos. Finalmente, sintió una fuerte mirada atravesándolo y espabiló. Era una niña de trencitas; lo observaba con ansias esperando que se levantara para poder jugar con él. A su lado estaba la madre que, con cara de susto y preocupación, parecía protegerlo de alguna cosa. Jonás se levantó del pie del árbol y miró a su alrededor. Allí, trabajando la tierra con las espaldas tostadas por el sol, estaban los hombres de calzas blancas. Jonás, ingenuo y ajeno a la realidad en la que se encontraba, contó a la señora que había llegado allí la noche anterior atraído por el sonido de un tambor y se había encontrado a esos mismos hombres cantando y danzando. La señora, con tono cómplice y condescendiente, respondió:
-Eso que hacen es Capoeira, hijo; lucha de liberación.
Minutos después Jonás sintió una mano en su hombro y una voz familiar que llamaba su nombre a lo lejos. ¿Otra vez soñando despierto Jonás? ¡Vamos a la cama a dormir!
Inmerso en el espacio y el tiempo, llegó a lo que parecía un sembradío. Atravesando las matas de caña pálidamente alumbradas por la luna, logró divisar a lo lejos un pequeño caserío. Atrevido, rompiendo el silencio ensordecedor de la noche, llegó de pronto el eco de un tambor valiente que, repique tras repique, lo atraía inevitablemente en su dirección. Así, a paso apurado y sigiloso, se fue aproximando hasta que llegó desapercibido y, escondido detrás de un árbol, se sentó embelezado a ver aquello que estaba pasando. Allí, en medio de una hacienda de tiempos coloniales, se encontraba una docena de hombres morenos, de calza blanca y descamisados que, formando una rueda, aplaudían y cantaban animantes tonadas. Mientras uno tocaba el tambor que tanto lo había atraído, otros tres tocaban con varitas de madera unos instrumentos que parecían arcos sin flecha. En el centro de la rueda, otros dos se enfrentaban. Con agilidad y carácter, balanceaban sus cuerpos sudorosos al ritmo aborigen de la música, atacando inesperadamente a su adversario con movimientos de aquello que más que una danza, parecía una lucha. ¡Jonás estaba fascinado! Temía por la vida de aquellos hombres que giraban patadas tan rápidas que, de no ser esquivadas, podrían causarle hasta la muerte a su contrario. Sin embargo, la pícara sonrisa en sus caras y la energía de los cantos le transmitían a Jonás cierta tranquilidad. Continuó observando, acompañando con la vista el movimiento preciso de los luchadores mientras todos, alternando, lograban entrar y salir del juego. De pronto, el relincho de un caballo aproximándose lo interrumpió todo. Como si hubiesen escuchado al mismo diablo, los hombres tomaron sus instrumentos y salieron corriendo, dejando en aquel lugar poco menos que una nube de polvo. Aterrado tras el árbol, Jonás vio llegar a dos hombres blancos, armados. Montados en sus caballos, rondaron el caserío y al no encontrar a nadie despierto desaparecieron nuevamente en la oscuridad. Al verlos partir, Jonás respiró profundamente y descansó.
A la mañana siguiente, aún soñoliento, se restregó los ojos dejando poco a poco penetrar la luz del sol. Entre el agotamiento y la confusión, escuchaba murmullos pero no lograba distinguirlos. Finalmente, sintió una fuerte mirada atravesándolo y espabiló. Era una niña de trencitas; lo observaba con ansias esperando que se levantara para poder jugar con él. A su lado estaba la madre que, con cara de susto y preocupación, parecía protegerlo de alguna cosa. Jonás se levantó del pie del árbol y miró a su alrededor. Allí, trabajando la tierra con las espaldas tostadas por el sol, estaban los hombres de calzas blancas. Jonás, ingenuo y ajeno a la realidad en la que se encontraba, contó a la señora que había llegado allí la noche anterior atraído por el sonido de un tambor y se había encontrado a esos mismos hombres cantando y danzando. La señora, con tono cómplice y condescendiente, respondió:
-Eso que hacen es Capoeira, hijo; lucha de liberación.
Minutos después Jonás sintió una mano en su hombro y una voz familiar que llamaba su nombre a lo lejos. ¿Otra vez soñando despierto Jonás? ¡Vamos a la cama a dormir!
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