25/3/09

El pequeño explorador (cuento)

Tentado por las ganas de emprender una nueva expedición, Jonás daba vueltas y vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Su último viaje le había dejado grandes experiencias. Sabía que su mamá se molestaría si lo encontraba de nuevo despierto, pero no aguantó y se levantó. Entre tropezones, luchó contra la oscuridad hasta llegar al otro lado del cuarto; encendió una pequeña vela y se dirigió hacia la ventana. A su paso, la tibia claridad daba vida a los armoniosos colores que adornaban su guarida. Leones, dinosaurios, osos, cocodrilos y decenas de animales lo acompañaban noche a noche en sus emocionantes jornadas. En ese instante, una nueva aventura tocaba las puertas de su imaginación. Agitado por la emoción, Jonás tomó su frazada favorita y se sentó en la ventana con los piecitos colgando en el aire. Allí, bajo el brillo mágico de las estrellas, se zambulló impaciente en su tan anhelada aventura.

Inmerso en el espacio y el tiempo, llegó a lo que parecía un sembradío. Atravesando las matas de caña pálidamente alumbradas por la luna, logró divisar a lo lejos un pequeño caserío. Atrevido, rompiendo el silencio ensordecedor de la noche, llegó de pronto el eco de un tambor valiente que, repique tras repique, lo atraía inevitablemente en su dirección. Así, a paso apurado y sigiloso, se fue aproximando hasta que llegó desapercibido y, escondido detrás de un árbol, se sentó embelezado a ver aquello que estaba pasando. Allí, en medio de una hacienda de tiempos coloniales, se encontraba una docena de hombres morenos, de calza blanca y descamisados que, formando una rueda, aplaudían y cantaban animantes tonadas. Mientras uno tocaba el tambor que tanto lo había atraído, otros tres tocaban con varitas de madera unos instrumentos que parecían arcos sin flecha. En el centro de la rueda, otros dos se enfrentaban. Con agilidad y carácter, balanceaban sus cuerpos sudorosos al ritmo aborigen de la música, atacando inesperadamente a su adversario con movimientos de aquello que más que una danza, parecía una lucha. ¡Jonás estaba fascinado! Temía por la vida de aquellos hombres que giraban patadas tan rápidas que, de no ser esquivadas, podrían causarle hasta la muerte a su contrario. Sin embargo, la pícara sonrisa en sus caras y la energía de los cantos le transmitían a Jonás cierta tranquilidad. Continuó observando, acompañando con la vista el movimiento preciso de los luchadores mientras todos, alternando, lograban entrar y salir del juego. De pronto, el relincho de un caballo aproximándose lo interrumpió todo. Como si hubiesen escuchado al mismo diablo, los hombres tomaron sus instrumentos y salieron corriendo, dejando en aquel lugar poco menos que una nube de polvo. Aterrado tras el árbol, Jonás vio llegar a dos hombres blancos, armados. Montados en sus caballos, rondaron el caserío y al no encontrar a nadie despierto desaparecieron nuevamente en la oscuridad. Al verlos partir, Jonás respiró profundamente y descansó.

A la mañana siguiente, aún soñoliento, se restregó los ojos dejando poco a poco penetrar la luz del sol. Entre el agotamiento y la confusión, escuchaba murmullos pero no lograba distinguirlos. Finalmente, sintió una fuerte mirada atravesándolo y espabiló. Era una niña de trencitas; lo observaba con ansias esperando que se levantara para poder jugar con él. A su lado estaba la madre que, con cara de susto y preocupación, parecía protegerlo de alguna cosa. Jonás se levantó del pie del árbol y miró a su alrededor. Allí, trabajando la tierra con las espaldas tostadas por el sol, estaban los hombres de calzas blancas. Jonás, ingenuo y ajeno a la realidad en la que se encontraba, contó a la señora que había llegado allí la noche anterior atraído por el sonido de un tambor y se había encontrado a esos mismos hombres cantando y danzando. La señora, con tono cómplice y condescendiente, respondió:
-Eso que hacen es Capoeira, hijo; lucha de liberación.

Minutos después Jonás sintió una mano en su hombro y una voz familiar que llamaba su nombre a lo lejos. ¿Otra vez soñando despierto Jonás? ¡Vamos a la cama a dormir!

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